Platón ya se escandalizaba de las características de la juventud que había en su época, una constante, que llega hasta nuestros días.
Algo imprescindible en el estudio de los jóvenes adolescentes, es que no se debe estudiar como un ente individual y aislado, sino inserto en una realidad espacial y temporal, en el que se encuentra su familia y su contexto; es decir, no puede ser diagnosticado en un corte vertical de su vida, ya que tiene una realidad trasversal con un pasado y un fututo. Algo que resaltar es que los diagnósticos negativistas solo insisten en clasificar y resaltar los aspectos problemáticos, y esto verdaderamente no es efectivo, ya que en un buen diagnostico o una buena intervención, se debe pronosticar los aspectos problemáticos pero aludiendo a lo positivo, resaltando sus fortalezas y trabajando las debilidades, para llevarlo al efecto y desarrollar todas sus potencialidades.
Por lo que en este articulo vamos a hablar de los tópicos y realidades de la adolescencia y la violencia, desde el punto de mira del Psicólogo de le la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y de los Juzgados de Menores de Madrid, Javier Urra.
- No hay violencia juvenil. Hay violencia:
En todo caso hay más
violencia latente que real y más psíquica que
física.
Respecto a los medios de comunicación y
primordialmente a la televisión, es incuestionable
que la «cascada» de actos violentos, muchas
veces sexuales, difuminan la gravedad de los
hechos.
Nada tiene que ver el disparo indiscriminado del
VII de Caballería contra los indios (o viceversa),
que nosotros veíamos, con la brutal carnicería en
la que hoy se deleitan. O anuncios de juguetes
que dejan en la mano del niño la capacidad para
decidir «la vida del otro». O peligrosos como «el
niño será rubio, tendrá los ojos azules». O vídeos
tan esperpénticos como muñecos diabólicos.
Nos rodea un alto grado de zafiedad y mal gusto.
Sin embargo, hemos de reseñar que los menores
que exploramos y que están en Proceso Delincuencial, son poco consumidores de
televisión, pues pasan su tiempo en los parques,
billares, discotecas…
En todo caso, se desplaza mucha responsabilidad
a los medios de comunicación, cuando hay una
«moda de inmoralidad».
Debe romperse el vínculo violencia / juventud,
véanse para ello los datos de las Memorias de la
Fiscalía General del Estado y compárense por
franjas de edad. Acontece que paradójicamente
los medios de comunicación, hipertrofian lo
minoritario y negativo, olvidando destacar lo
genérico y positivo, como la solidaridad juvenil.
- El joven no es el emisor de violencia, es el receptor:
Piénsese en los niños maltratados, a veces
físicamente, otras emocionalmente, como cuando
tienen que oír «no sé para qué has nacido» o «yo
te quise abortar» o «no me quites tiempo» o «no
vales para nada». Los que nacen con síndrome de
fetoalcohol u otras drogas, los que aprenden bajo
el lema «la letra con sangre entra», los que tienen
que estar en una cárcel con sus madres, los que
son obligados a traficar («trapicheo») con drogas,
a robar como forma de subsistencia, a prostituirse,
los que trabajan, mendigan, no asisten a la
escuela, porque una sociedad injusta que «no va
bien» lo etiqueta como desheredado, porque hay
padres que de hecho no lo son, que fracasan en la
educación, o inducen al comportamiento disocial,
porque han errado absolutamente al interpretar lo
que significa Patria Potestad. Padres que no
educan coherentemente, tampoco se coordinan
con los maestros, que adoptan una posición
cobarde y errónea no permitiendo que nadie
recrimine a sus hijos sus malas acciones. Padres
que no escuchan, que no conocen las
motivaciones y preocupaciones de sus hijos, que
no saben decir nada positivo de ellos, que pierden
los primeros días, meses y años de sus hijos «se
me ha hecho mayor sin enterarme», que creen
que no se influye sobre ellos, que no educan en la
autorresponsabilidad.
Tenemos una sociedad profundamente injusta,
económicamente fracturada que golpea con el canto de sirenas del consumo, hay jóvenes que
cuando se les pregunta ¿Qué quieres ser de
mayor? Contestan «rico», estos son los frutos de
la denominada y padecida «cultura del pelotazo»,
que lo más que aporta a los jóvenes son zonas de
«copas» para pasar el tiempo. Una colectividad
que ha perdido en gran medida el sentimiento de
trascendencia, de espiritualidad, que rehúye con
pánico la soledad buscada.
Son muchas las personas que quieren modificar
conductas, sin inocular valores.
Nos encontramos ocasionalmente, con que se ha
perdido el respeto intergeneracional, que no es
fácil que cuando entra una embarazada en un
medio de transporte público un joven se levante
para cederle el asiento. Pautas educativas
esenciales, que hemos de retomar desde la razón,
la palabra y la práctica, los más pequeños tienen
que apreciar en sus mayores (en nosotros) ese
respeto a los que nos han antecedido.
- El ser humano no nace violento, se aprende:
Existen niños que por causas sociales (anomia,
cristalización de clase, etiquetaje, presión de
grupo, profecía autocumplida), conforman una
personalidad patológica, pero la etiología está muy
lejos de ser cromosómica, lombrosiana…
El estudio del genoma humano demostrará que el
delincuente no nace por generación espontánea, ni
por aberración genética.
Y esto no está interiorizado.
Cuando se detiene a un violador, mucha gente
expresa: ¡No tiene cara de violador!
Fracasamos (a veces) en el proceso de educación,
de socialización, en el proceso por el que nace y
se desarrolla la personalidad individual en relación
con el medio social que le es transmitido, que
conlleva la transacción con los demás. Se forma
una personalidad dura que puede llegar a la
deshumanización, es el etiquetado psicópata (caso
de Javier Rosado –Juego del rol–). Volvamos la
mirada hacia ese niño pequeño ya tirano «lo
quiero aquí y ahora», «no admito órdenes de
nadie…» (viaje iniciático hacia pulsiones primitivas
e incontroladas).
En muchas casas al hijo se le alecciona «si un
niño te pega una bofetada, tú le pegas dos».
Y qué decir de esas familias que hablan mal de
todo el que le rodea, que muestran vivencias
negativas de las intenciones ajenas (del vecino, del
jefe, de la suegra), de esos padres que al subirse
al coche se transforman en depredadores
insultantes, de los núcleos familiares que emiten
juicios mordaces contra el distinto (por color, forma
de pensar, procedencia). No se dude,
generaremos intolerantes, racistas, xenófobos.
Algunos educan en la estúpida y miope
diferenciación (nosotros versus los otros), ya sean
los españoles (en el País Vasco), los moros (en
España), etc.
El progreso de esta civilización ha de basarse en
la solidaridad que mostremos a nuestros niños, y
este siglo no ve que la tolerancia sea la
característica que defina a esta sociedad. Y eso
que sabemos que los conflictos adaptativos
hunden sus raíces en la desestructuración del
microsistema familiar, el no buscar apoyo social
fuera de esta unidad, la falta de motivación y
consecuente fracaso escolar, la inadaptación
socioambiental y una cultura que entiende que los
problemas son individuales. En gran medida
educamos a nuestros niños en la violencia, contra
la naturaleza, contra los seres humanos.
Quemamos los bosques, contaminamos el aire,
esquilmamos el mar, exterminamos otras tribus,
otras ideas, otro sentir.
- Delincuencia juvenil:
a) Ha desaparecido la banda, permanece el agrupamiento.
De la banda organizada con el objetivo de
imponerse en una zona o especialidad (tirón…)
con una jerarquía establecida y respetada, con un
líder (recuérdese: “El Torete”), cuyo currículum
dejaba constancia de que se enfrentaba a la
autoridad, a lo instituido, que despreciaban el
riesgo, que repartían el botín, que vivían deprisa,
se ha pasado a tribus urbanas cuyo fin es el
desprecio a los otros, a los distintos (léase
cabezas rapadas, punkies, heavys, etc.), el triunfo
ahora no es el bolso, sino ver al enemigo (recién
conocido) por el suelo (como pegar al núm. 30 que
sale del metro), los instrumentos utilizados,
«locas» (SEAT 124), ganzúas, cizallas, han sido
cambiados por cadenas, bates, puños americanos.
La falta y el delito de hurto y robo, está dando
paso a la agresión, la violencia gratuita e
incontenida, por niños y adolescentes (cada vez
más jóvenes), quienes argumentan que mediante
la violencia se sienten personas y que a través del
miedo de los otros confirman su propia existencia.
Hay una delincuencia de tipo lúdica y de consumo,
más que de miseria o carencial. Los mitos tipo «El
Vaquilla» dejan el testigo a un anonimato en el que
refugiarse. La delincuencia de los desheredados,
de los nacidos en los olvidados rincones de las
capitales, es hoy patrimonio de todas las clases
sociales, del descontento con el porvenir, de la
España futura.
Estamos creando una conducta social compuesta
de sumativas individuales, que no desarrolla la
afabilidad social ni la vivencia profunda de
sentimientos de ternura y sufrimiento –pathos–;
que no facilita la responsabilización por las
creencias y pensamientos que manifiestan; que no
aboca a instaurar un modelo de ética para su vida
–ethos–; que no provee de las habilidades sociales
y cognitivas para percibir, analizar, elaborar y
devolver correctamente las informaciones,
estímulos y demandas que le llegan del exterior.
Que no asume normas, entendidas como el
conjunto de expectativas que tienen los miembros
de un grupo respecto a cómo debería
comportarse, claro que muchas veces no se puede
atribuir a dos o más personas el calificativo de
grupo, pues no hay ni estructuración, ni
distribución de papeles ni interacción entre ellos.
Esteban Ibarra (Coordinador del Movimiento contra
la Intolerancia) y yo discrepamos, él está
convencido, de que las bandas de «skins» están
perfectamente estructuradas, que se marcan
objetivos, que hay una ideología interiorizada. Yo
creo que en algunos casos es así, pero en otros el
agrupamiento se realiza en busca del padre-grupo,
de sentirse fuerte, de soltar adrenalina.
La violencia no nace de la razón, aunque acalla a
ésta. La violencia del grupo se potencia de forma
geométrica.
Desde el anonimato, la responsabilidad se diluye.
La «presión del grupo» ejerce una fuerza
desbocada que hace saltar los «topes
inhibitorios». El joven en estos actos se distancia
de la víctima, vive el momento como «lúdico», le
importan los suyos no el «objeto inerte». Existe
una profunda despersonalización.
Es peligrosísimo que desde el analfabetismo
emocional, desde la incapacidad para sentir, se
perciba que la violencia «sirve», por eso precisa,
exige una respuesta inmediata, no violenta, pero sí
poderosa e insalvable.
b) Hijos que agreden en el hogar:
En los últimos años, en los Juzgados y Fiscalías
de Menores hemos constatado un preocupante
aumento de las denuncias a menores por malos
tratos físicos (conllevan psíquicos y afectivos) a las
figuras parentales (casi exclusivamente a la
madre). Dichas inculpaciones son presentadas por
vecinos, partes médicos de los hospitales y
puntualmente por la víctima la cual cuando llega a
la Fiscalía de Menores a pedir «árnica» es que ha
sido totalmente desbordada y derrotada, viene con
la honda sensación de haber fracasado y con un
dolor insondable por denunciar a su hijo.
Respecto al perfil, se trata de un menor varón de
12 a 18 años que arremete primordialmente a la
madre. Adolecen hasta del intento de comprender
qué piensa y siente su interlocutor «domado».
Poseen escasa capacidad de introspección y
autodominio «me da el punto, la vena…». Los
tipos caben diferenciarse en: Hedonistas-Nihilistas
(su principio es «primero yo y luego yo», utilizan la
casa como hotel, entienden que la obligación de los padres es alimentarles, lavarles la ropa,
dejarles vivir y subvencionarles todas sus
necesidades. El no cumplimiento de sus
exigencias supone el inicio de un altercado que
acaba en agresión). Patológicos (bien por relación
amor-odio, madre-hijo, o por dependencia de la
droga, que impele al menor a robar en casa) y
Violencia Aprendida (como aprendizaje vicario
desde la observación, porque el padre pega a la
madre o como efecto «boomerang» por haber
sufrido con anterioridad el maltrato en su propio
cuerpo, la incontinencia pulsional de padres sin
equilibrio, ni pautas educativas coherentes y
estables, cuando su edad y físico lo permiten
«imponen su propia ley» como la han
interiorizado.)
A las penosas situaciones en que un hijo arremete
a su progenitor no se llega por ser un perverso
moral, ni un psicópata, sino por la ociosidad no
canalizada, la demanda perentoria de dinero, la
presión del grupo de iguales… pero básicamente y
sine qua non, por el fracaso educativo y
específicamente en la transmisión del respeto, y si
no, ¿por qué en la etnia gitana no acontecen estas
conductas, muy al contrario se respeta al mayor?
La tiranía se convierte en hábito o costumbre, no
olvidemos que la violencia engendra violencia.
La situación, cuando llega a las Fiscalías y los
Juzgados de Menores suele ser de tan intensa
gravedad, que no cabe otra solución inicial que el
internamiento como paso previo y ya aprovechado
para una terapia profunda y dilatada, que incluya a
las distintas figuras que componen el núcleo
familiar, abordando conflictos, implementando otras
habilidades de resolución de problemas, de
relación, etc.
- Respuesta sancionadora:
• La sanción. Respecto a la institución judicial, la Justicia de
Menores avanza con paso dubitativo, porque no
define si ha de ser sancionadora, rehabilitadora o
protectora de quien entiende. Esta duda
permanente es fiel reflejo de la dicotomía social.
Ha de aprovechar el contacto con la infancia para
conseguir de ésta un mayor respeto y valoración mediante la participación activa en cuanto le
afecte. Y ello desde un criterio científico que
atienda a todas sus circunstancias familiares,
sociales y personales (historia vivida,
motivaciones, intereses…). Una intervención que
sea inmediata a los hechos que se le imputan y
mínima dentro de las posibles, garantista,
individual, basada en principios mediadores.
¿Qué ocurre con las bandas? ¿No es verdad, que
es muy difícil castigar la violencia ejercida por
estos individuos, porque no se aclaran
responsabilidades penales? ¿Qué hacer? ¿Se
castiga «solidariamente» a todos. Lo que es
perverso e inadmisible, es que uno por otro,
hechos terroríficos queden sin sanción, la
ciudadanía se siente indefensa.
• La rehabilitación, conlleva una respuesta
individual buscando la modificación de conductas
(violentas) mediante la asunción de culpabilidad,
de responsabilidad, de intención de cambio,
precisa una modificación cognitiva, de percepción,
de «auto-localización».
- Prevención es igual a educación:
Para combatir la violencia, no hemos de
regodearnos en los congresos que analizan sus
causas, sino en propiciar aspectos y ambientes
sanos y enriquecedores a los más pequeños.
Prevenir, educando a nuestros hijos y al cuerpo
social en su capacidad para decidir, para
conseguir una motivación de logro de un mundo
más humano, más justo, menos agresivo con los
ríos, con los bosques, con los otros pequeños
hombrecitos que componemos este punto en el
Universo y hemos de hacerlo desde lo que somos:
poso de Cultura.
Coincidiremos en que el mundo es según lo
percibimos (si uno mira a los demás, éstos no
existen), sin embargo, son las experiencias, los
modelos en la infancia, los que condicionan la
visión que tenemos del exterior. Del bagaje que ya tenemos, de los constructos personales con que
contamos y de los que aprendemos se surten las
nuevas conductas.
Por ende más eficaz que aumentar el castigo, es la
prevención de los delitos (no sólo con guardias
jurados) sino mejorando en nuestros niños sus
aptitudes.
Vacunemos a nuestros hijos contra la violencia
desde la cuna. Aquí van algunas pistas.
• Dotemos a los hijos de seguridad y cariño
constante, haciéndoles sentir miembros partícipes
de una familia unida y funcionalmente correcta,
escuchándoles activamente, valorando sus
aspectos positivos, participando en su desarrollo.
Eduquémosles en sus derechos y deberes, siendo
tolerantes, soslayando el lema «dejar hacer»,
marcando reglas, ejerciendo control y,
ocasionalmente, diciendo NO. Ambos padres, de
forma coherente, se han de implicar en la
formación, erradicando los castigos físicos y
psíquicos, consiguiendo respeto, apoyando la
autoridad de maestros y otros ciudadanos cuando
en defensa de la convivencia reprendan a sus hijos.
• Instauremos un modelo de ética, utilizando el
razonamiento, la capacidad crítica y la explicitación
de las consecuencias que la propia conducta
tendrá para los demás. Propiciemos que el niño se
sienta responsable de lo que le ocurra en su vida,
evitando mecanismos defensivos. Potenciemos su
autoestima, la evolución, la capacidad para
ponerse en el lugar del otro. Fomentemos la
voluntad, el esfuerzo, la búsqueda del
conocimiento y el equilibrio, la ilusión por la vida.
Acrecentemos su capacidad de diferir las
gratificaciones, de tolerar frustraciones, de
controlar los impulsos, de relacionarse con otros.
Debemos fomentar la reflexión como contrapeso a
la acción, la correcta toma de perspectiva y la
deseabilidad social.
En la adolescencia el apoyo también ha de ser
próximo, no sólo por la influencia del grupo de
referencia que puede ser benéfico o pernicioso,
sino porque hay que posibilitarles afrontar con
éxito la frustración, más en una etapa en que la
excitación emocional es muy alta y las expectativas pueden venir cercenadas por una
sociedad que no busca soluciones, que prefiere
vengarse o entender la agresión como un instinto
innato (Freud) o más recientemente como un
Asesino Nato (Oliver Stone).
Es labor de los padres hablar con sus hijos y
preocuparse por ellos, de conocer su paradero,
saber en cada caso, ¿Qué actividades, símbolos,
tiene el hijo?, por ejemplo qué enseñas, navajas,
bates de «base-ball», fanzines, etc.
• El contexto social debería ayudar a que las
familias mantengan una estructura equilibrada,
reduciendo los desajustes, rechazando que los
progenitores se hagan copartícipes de chantajes,
se conviertan en cajeros automáticos, o, por el
contrario, usen a sus hijos como arma arrojadiza
contra el otro progenitor.
• Hay que educar al educador (a quien va a
educar), mediante escuelas de padres, campañas
en los medios de comunicación, etc.,
• Hace falta más imaginación para educar en el
ocio, eludiendo el aburrimiento, el usar y tirar, la
T.V. como canguro. Ayudémosles a buscar
sensaciones nuevas, incentivando la curiosidad por
la tecnología y la naturaleza.
• Hay que utilizar los medios de comunicación
como correcta herramienta de socialización,
propiciar la higiene mental colectiva (hábitos
saludables, valores de sensibilización, utilización
del mediador verbal y de la sonrisa, ponerse desde
pequeño en los zapatos psicológicos del otro),
humanizar las ciudades (asimilar y valorar al
distinto, formar en las aulas para captar y ayudar al
que sufre, ganar parques y lugares de encuentro).
• Acabar con hipocresías del tipo que los
anunciantes que sostienen el deporte sean marcas
de alcohol y tabaco, que transmitamos a los
jóvenes no seáis competitivos y les digamos,
aprueba la selectividad, que les arenguemos con
que debemos abrirnos a todos, mientras Europa
cierra las fronteras a África.
• La experiencia escolar debiera preparar a los
niños para el mundo real y formarles para el
acceso al trabajo, dando una respuesta
individualizada y motivadora.
Impulsaremos que la escuela integre, que trabaje y
dedique más tiempo a los más difíciles.
La realidad terca nos enseña que muchos jóvenes
fracasan desde niños en la escuela y no se
incluyen en ninguna actividad formativa, por lo que
«matan» el tiempo.
• El grupo de amigos no ha de ser un padre
sustitutorio, deberíamos saber quiénes lo
componen y si sus intereses son los propios de su
edad.
• Hay que propiciar la justicia social erradicando el
paro, dando posibilidades de trabajo a los jóvenes.
• Resulta cierto que en momentos de inestabilidad
económica como los que vivimos, la dotación de
medios e infraestructuras en el entramado social
se resiente y ello trunca expectativas, pues sin una
tupida red de servicios sociales la Justicia de
Menores nada puede hacer. Hemos de educar,
responsabilizar gradualmente, implicar a la
sociedad. No se puede ser tan fatalista como
algunos menores lo son. Cualquier niño, por el
hecho de serlo, es reeducable y puede trabajarse
para que no reincida.
• El cuerpo social debería aumentar su fuerza
moral, acabando con el etiquetaje indiscriminado:
«esos son psicópatas, producto de una aberración
genética»; la hipocresía: «pobre niño», de forma
genérica; «a la cárcel», cuando roban mi casette, y
la atonía, al delegar el problema en el Gobierno y
la policía.
• Precisamos más cuerpos de seguridad que
prevengan, (los estadios de fútbol y otras
concentraciones sirven para identificar a jóvenes
con actitudes y vestimentas violentas), pero no se
puede subvencionar los viajes de Ultra-sur, etc.,
que se sienten héroes al llegar a ciudades e ir
custodiados por policías.
• Prevengamos (lo más económico), reduciendo
los factores de riesgo y aumentando los de
protección. Erradicar el niño-producto comercial, al
que vender alcohol o usar en la mendicidad.
Denunciar la violencia que esta sociedad fomenta.
Insertar a los jóvenes y sus ideas en la sociedad.
Impulsar los derechos del niño. Desarrollar una
tupida red de recursos sociales. La vacuna contra
la delincuencia infantil, es, en fin, prevención, amor y salud mental colectiva, pues como dijo Pitágoras:
«Educad a los niños y no será necesario castigar a
los hombres».
Escrito por María Urbano Blázquez.